31 ago 2012

Silencio



Odilon Redon


-Cuando te pregunten dónde estoy, debes guardar silencio.
Esa fue la petición de Sofía antes de marcharse.
Marco, su hermano, le prometió que así lo haría. Nunca le diría a nadie que se había ido.

En un pequeño pueblo de Soria, donde se refiere esta leyenda, vivía la joven Sofía, hija de un humilde zapatero y hermana de Marco, un fornido muchacho que se preparaba para alistarse en el ejército.
Su madre había muerto de tuberculosis, enfermedad que por entonces se llevaba la vida de mucha gente. Pero su padre, el humilde trabajador, había hecho un gran esfuerzo por intentar suplir aquella importante falta materna, consiguiendo como resultado un carácter amable y cariñoso para sus hijos.
Sofía y Marco eran buenos hermanos y compartían muchos secretos. Un día, Sofía le confesó a Marco que estaba enamorada de otra mujer, siendo esta la hija del alcalde, una bella muchacha que contaba con la misma edad que ella.
Marco no podía salir de su asombro, no entendía como su hermana podía estar enamorada de una mujer. Solo los hombres y las mujeres se enamoran ¿Qué disparate era aquel? Pero Sofía insistía en que Miranda, la muchacha a la que nos hemos referido, era el amor de su vida.
Sofía y Miranda sabían que nadie en aquel pueblo entendería su amor, así que, decidieron escapar juntas y buscar una nueva vida lejos de aquella incomprensión.
Fue una madrugada, cuando el sol empezaba a acariciar el cielo estrellado. Sofía despertó a su hermano con un cariñoso zarandeo y le contó sus intenciones.
-Cuando te pregunten dónde estoy, debes guardar silencio.- le advirtió en un susurro –No le digas a nadie que me he ido, simplemente calla.
Marco, aunque preocupado por su hermana, le prometió que guardaría silencio.
Dos días después de la huida de los amantes, el padre de Sofía le preguntó a Marco por su hija.
-Pero, ¿dónde se ha metido está despistada? Hijo, ¿tú sabes dónde puede estar?
Marco, se mantuvo en silencio, como había prometido.
-Qué habré hecho mal- exclamó su padre al borde de las lágrimas –Mi hija ha desaparecido y mi hijo no me habla. Que desdicha la mía…
Y rompió en un sollozo incontrolado mientras hundía la cara en sus viejas manos.
Marco, apenado por hacer sufrir a su padre, decidió contarle la verdad. Pensó que sería comprensivo, pero estaba equivocado, pues el zapatero estalló en cólera, gritando a pleno pulmón, que su hija había sido poseída por el diablo.

Pasaron tres días sin que el padre de Marco apareciese por casa. Cuando la gente le preguntaba que había sido del humilde zapatero, Marco decidió callar esta vez y seguir el consejo de su hermana, aunque quizá, demasiado tarde, pero ¿qué podía hacer él? No era fácil guardar un secreto.
Una lluviosa noche, en la que la tormenta descargaba su furia, regresó por fin su padre, haciéndose presente sin avisar y sin mediar palabra.
Marco, sorprendido por su llegada, corrió hacía él para preguntarle dónde había estado, pero cuando abrió la boca para hablar, descubrió que su garganta no emitía sonido alguno. Intentó chillar, carraspear, cantar, pero no había forma. El silencio se había apoderado de él.

Una semana más tarde, después de aquel suceso, un pastor del pueblo descubrió el cuerpo inerte de una joven que yacía medio escondida entre matorrales. Era el cuerpo de Sofía, que en el último aliento de vida había conseguido posar un dedo sobre sus labios, exigiendo silencio y haciendo callar así para siempre al que nunca debió haber hablado.

9 jul 2012

La huida


Rene Magritte


El gélido frío de la noche me helaba los huesos; traspasaba mi ropa como afilados cuchillos desgarrando la débil tela.
La niebla, cada vez más baja, borraba mis pasos empeñada en ocultar mi presencia, mi huella… Pero no lo conseguiría, pues mis zancadas eran rápidas y largas y su espesura no podría conmigo.
Aquella noche se me antojaba lúgubre y distante. Parecía no querer a nadie paseando bajo su manto de estrellas, como si rechazara cualquier presencia ajena a ella. Sin duda, se había vuelto antipática.
Pero lo más inquietante era una extraña sensación que me había invadido desde hacía unos poco minutos. Alguien me seguía, y no era la niebla ocultando mi camino…
Sentía unos pasos acechándome, detrás de mí, en algún lugar dentro de la oscura calle que tenía que atravesar para llegar a mi apartamento.
Me di la vuelta, oteando a través de la espesura, pero no vi a nadie. Definitivamente, estaba solo.
Seguí mi camino, pero sin darme cuenta, había acelerado el paso y mi corazón parecía estar más alerta.
De nuevo, unos pasos intentaban alcanzarme, me seguían de cerca. Paré de repente y me giré con la intención de ver a mi perseguidor… Esta vez estaba allí, a pocos metros de mí. Un hombre alto, con una capa cubriendo su cuerpo y un sombrero de copa sobre su cabeza. Pero la oscuridad ocultaba su rostro…
Asustado, comencé a correr sin importarme que la niebla devorase mi cuerpo. ¿Quién era aquel espectro? ¿Qué quería?
Tropecé con mi capa y caí de bruces al suelo perdiendo el sombrero, que salió rodando hacía la oscuridad.
 Más que dolor, sentí pánico al darme cuenta de que el hombre me había alcanzado.
-¡No! – grité desesperado.
La sombra oscura permanecía de pie, a mi lado, mirándome con una sonrisa burlona en su rostro. Me estremecí al percatarme de que el espectro que me perseguía era yo mismo.
-¿Por qué huyes de ti mismo? – Preguntó entre risas – ¿Acaso tienes miedo de ser quién eres?...
La sentencia me dejó helado, pues supe que nunca podría escapar de mi perseguidor.  


29 may 2012

Julio





La lluvia golpeaba suavemente las ventanas. Las gotas de agua se deformaban al chocar contra los cristales, dibujando extrañas figuras que resbalaban hasta desaparecer.
El agradable olor a tierra mojada impregnaba la cabaña.
Marta dejó de teclear su máquina de escribir por un momento. Cerró los ojos y se dejó llevar por las sensaciones de aquel inesperado instante: el cantar de los pájaros que se guarecían de la lluvia, el sonido del agua cayendo sobre el tejado, la suave brisa que se colaba por la abertura de una ventana…  
Inspiró lentamente y soltó el aire, grabando en su cuerpo todas esas percepciones que le hacían sentir tan relajada.
Volvió su atención a la vieja máquina de escribir y releyó el último párrafo que había escrito:
“La carta cayó de las manos de Jorge sin que él se diese cuenta. Estaba tan consternado por lo que acababa de leer, que sus sentidos no estaban en este mundo…”
No estaba mal para acercarse al desenlace de la novela, pero aún faltaba más literatura, palabras más bellas que atrapasen al lector.   
De repente, un ruido en la puerta principal arrancó a Marta de sus pensamientos. Era como un arañazo seguido de un murmullo ininteligible, parecido a un sollozo.
Marta se quedó escuchando unos segundos antes de reaccionar…
No había duda. Alguien o algo arañaba la puerta con cierta impaciencia.
La cabaña estaba a tan solo un kilómetro y medio del pueblo, pero aun así, era extraño que alguien anduviese bajo aquel manto de agua solo para visitarla.
Con más curiosidad que miedo, Marta se dispuso a abrir la puerta. Al principio no vio a nadie, pero al agachar la cabeza se encontró con la mirada de un perro mojado y sucio que sollozaba en el umbral de la entrada.
Marta oteó el horizonte, intentando encontrar al posible dueño del perro, pero no vio a nadie. La lluvia parecía ser la única compañera en aquel momento.
Sintió lástima del animal, por lo que, sin pensarlo demasiado lo dejó pasar al calor de la cabaña.
El perrillo, de tamaño medio y con el pelo largo, se acurrucó debajo de la mesa que Marta utilizaba para comer. Parecía triste y desolado.
Poco a poco, consiguió ganarse su confianza. No había mejor manera que la de un plato de comida y un poco de agua limpia, y el can parecía agradecido, pues cuando terminó de rebañar el cuenco empezó a mover la cola efusivamente.
-¿No tienes a dónde ir? – le preguntó.
Como respuesta, recibió una mirada tristona.
Marta dedicó unas caricias a su demacrado cuerpo.
-Puedes quedarte a dormir está noche. Mañana, ya veremos que hago contigo… Así me haces compañía.

Cuando la noche traía su color más oscuro, Marta ya estaba durmiendo en la única habitación de la cabaña, ligeramente tapada con una suave colcha, pues la lluvia había dejado un ambiente bochornoso y hacía calor.
En el salón, sobre una manta improvisada, se encontraba el perro; pero no estaba durmiendo…Más bien parecía tenso, alerta, como esperando a que sucediera algo…
Tenía los ojos muy abiertos y las orejas aguzadas…
De repente, se levantó de su pequeña “cama” y se dirigió hacia la habitación de Marta.
Las pisadas de sus patas podían oírse sobre la madera, pero Marta estaba tan dormida, atrapada en los brazos de Morpheo, que no percibió el sonido.
El perro se situó frente a ella, con el cuerpo muy tenso y recto, y comenzó a ladrar.
Al principio todo se sumió en un terrible estruendo, como si hubiera explotado algo, y Marta, arrancada de su sueño por aquel terrorífico ruido, tardo en darse cuenta de que se trataba de los ladridos del perro, y no de una bomba.
-¿Qué ocurre? ¿Por qué ladras así?
Como respuesta, el perro ladró aún más fuerte mientras se dirigía hacia puerta.
Marta se levantó y se puso una ligera bata sobre los hombros. Fue detrás del perro hasta la puerta de la calle, la cual, empezó a arañar con insistencia. Estaba claro que quería salir, e insistía en que ella también saliera.
Siguiendo más al instinto que a la razón, Marta salió de la casa junto al perro.
Fue entonces cuando vio una llamarada de fuego sobre el tejado. Era como si alguien hubiera lanzado una flecha encendida justo en ese momento…
Rápidamente, el fuego empezó a devorar la cabaña, ante la perplejidad de Marta, que no conseguía mover el cuerpo. Se había quedado paralizada.
A pesar de no poder apartar la mirada de aquel infierno, sus ojos fueron capaces de distinguir una sombra, una silueta humana que se deslizaba a través de la noche en ademán de huir.
Una terrible idea se apoderó de su mente… Alguien había prendido fuego a la cabaña.
-¿Se encuentra bien?
Marta no se había percatado de que un hombre, alertado por la luminosidad del fuego, había llegado hasta allí para ayudarla.
Tampoco se dio cuenta en ese momento de que el perro ya no estaba. Había desaparecido…
  
El pueblo entero habla de Julio, un perro abandonado que hace años merodeaba por las calles en busca de algo de comer y de alguna caricia amable.  
Julio llegó un caluroso día de verano. Parecía haber andado durante días sin un rumbo fijo, sin un hogar al que regresar. Tenía la mirada perdida y un cuerpo esquelético.
El pueblo lo acogió con normalidad. Algunos le daban de comer y lo acariciaban, otros sencillamente lo ignoraban. Pero Julio empezó a acaparar la atención de todo el mundo cuando tomó la costumbre de salvar vidas. Siempre que alguna desgracia estaba a punto de acontecer, él se anticipaba avisando con sus estrepitosos ladridos.
Empezó a ser un héroe para el pueblo y la gente lo bautizó con el nombre de Julio, en honor a un viejo cura que regentó la iglesia del pueblo y que dedicó sus últimos años a ayudar a los demás.
Pero siempre hay alguien, algún ignorante sin escrúpulos ni cabeza, que no entiende la maravilla de un alma animal.
Julio apareció muerto una mañana, cerca del camino que lleva al cementerio. Un vecino supersticioso lo había matado porque decía que el perro era un ente maligno.
Todo el pueblo le dedicó un entierro y le pusieron una bonita placa en su lápida:

“Querido Julio:
Que tu alma vuele hacía el cielo para velarnos desde las estrellas”.

Y así era, Julio les seguía cuidando desde el cielo, pues tres años después de su muerte, le había salvado la vida a una escritora que había alquilado una cabaña cerca del pueblo.
Más tarde se supo que el causante del incendio de la cabaña había sido Manuel, la misma persona que había matado a Julio. En su delirio, alegaba que la escritora era una bruja que quería maldecir al pueblo.
Manuel fue internado en una institución y Marta, cada año, dejaba un cuenco de comida cerca de los restos de la cabaña. 

19 abr 2012

Todo se desvanece

Vladimir kush






Una cálida brisa que adormece nuestra piel al tocarla,
Una fría gota de agua que se deshace en nuestra mano,
Un sueño agradable que nos abraza en la noche,
La energía del sol, su luz, su motor…
Todo se desvanece.

El poderoso latido de un corazón enamorado,
El sonido de las hermosas notas de un piano,
Las furiosas olas de un mar embravecido,
El aire en los pulmones, respirar, exhalar…
Todo se desvanece.

Soy feliz por un momento, y el momento se va,
Estoy triste por un momento, y el momento se va,
Siento dolor por un momento, y el momento se va,
Las emociones, los sentimientos, los deseos…
Todo se desvanece.

Somos etéreos, somos momentos, somos HOY, somos AHORA
.

22 feb 2012

Nacimiento

Vladimir Kush, Sunrise by the ocean





La imperturbable tranquilidad, duró sólo un segundo, quizá dos. Aquella extraña sensación de encontrarme flotando en algún lugar dentro de una acogedora oscuridad, empezó a evaporase lentamente, como si la nada, o el todo, ya no existiera.El silencio, ya no era silencio. Un murmullo semejante al oleaje de un mar embravecido, se hacía eco desde algún paraje que no lograba distinguir. Era como un susurro lejano que se esforzaba por ser escuchado para evitar perderse para siempre en una espiral infinita.Me revolví, pues notaba como mi cuerpo empezaba a hacerse cada vez más pesado, cada vez más sólido, cada vez más real. Era como transformarse en algo tangible.De repente, una luz; una pequeña luz. No era más que un punto dorado que se había abierto paso por la espesa oscuridad, sin pedir permiso, sin preguntar si era bien recibida en mi arraigada tranquilidad. Se había colado y no sabía de dónde venía ni qué quería.Volví a moverme. No me gustaba moverme, pero mi sosegado mundo estaba siendo invadido por alguna extraña fuerza o poder que estaba fuera de mi alcance, y no podía detener de ninguna manera.La luz empezó a hacerse más grande. Cada vez que la miraba, su destello dorado había crecido comiéndose una considerable porción de oscuridad. Se abría camino e intentaba tocarme, quizá para arrancarme de mi arraigado sueño nocturno, quizá para quedarse con mi pequeño mundo, quizá para contarme algo importante…Sentí frío, y el cuerpo se me estremeció, posiblemente porque nunca había tenido esa sensación, y era extraño, pues mi inmaculada piel se había tornado rugosa.Entonces, la luz, acabó por abrazarme por completo. Se apoderó de todo mi cuerpo y me apretó contra ella como lo haría una madre con su hijo. Era la vida. Yo no conocía ese concepto, pero supe que era la vida lo que me agarraba con fuerza para que saliera de mi afable mundo.Salí despedido, como catapultado, y llegué a sentir dolor, aunque afortunadamente se pasó en seguida.Caí en la orilla de un mar en calma que me mecía dulcemente con sus traviesas olas. Atrás, estaba mi barca: un pequeño habitáculo de madera que me había acogido en su seno durante un tiempo y un espacio que no sabía definir. Aquél era ahora otro mundo que seguramente acabaría por olvidar.Respiré y sentí como mis pulmones se llenaban de aire, de sabor a mar, de frescor. Era como estar en una nueva barca cuyos remos habían comenzado a bogar hacía un destino que estaba a punto de escribirse.