21 oct 2011

La Luz






En un túnel oscuro cualquier luz nos parece bonita, pero no nos damos cuenta de que la verdadera luz se encuentra dentro de nosotros mismos; solo tenemos que buscarla, y esa es la búsqueda más importante de nuestras vidas.
Cuenta una leyenda que hace muchos años una estrella llamada Osiris, al igual que el dios egipcio, brillaba en el cielo nocturno con una luz casi cegadora. Era el orgullo del firmamento y la envidia para muchos astros que vivían a su a lado.
Un día, una estrella fugaz llamada Destello, surcaba el espacio en busca de un lugar donde caer, pues estaba cansada de recorrer tantos kilómetros sin ningún destino al que dirigirse.
Destello pudo ver la luz de Osiris desde mucha distancia y, poco a poco, fue quedando cegada por aquella claridad que iluminaba todo el firmamento. La estrella fugaz quedó enamorada de tan hermosa visión, y fue entonces cuando decidió que aquella bola de luz sería su destino.
Destello chocó contra Osiris, introduciéndose hasta lo más hondo de sus entrañas, y las dos estrellas reventaron en millones de partículas de luz que se dispersaron por todo el universo.
Muchas de esas partículas cayeron en la Tierra, y de aquellos fragmentos luminosos surgió la vida.
Reza la leyenda, que cada uno de nosotros llevamos dos partes de luz, una de Destello y otra de Osiris, y que la conjunción de ambas se ha convertido en nuestra alama.
Aquel que mire dentro de sí mismo, encontrará su luz. Los destellos que encontremos fuera, no iluminarán nuestro camino.

13 sept 2011

Μορφεύς

Pierre-Narcisse Guérin Morfeo e Iris



- Déjame huir. Quiero cerrar los ojos y olvidarme de esta existencia. Quiero soñar…
Pero Aldora no podía soñar. La oscuridad invadía su mente, borraba sus recuerdos y no le permitía traspasar el umbral que separa el mundo consciente del onírico.
No podía sumergirse en aguas de colores, no podía volar, no podía visitar lugares imposibles… Estaba condenada a contemplar el vacío cada vez que sus párpados se cerraban.
Las noches eran para Aldora una marea de estrellas titilantes que no se dejaban tocar, ni si quiera desear. Estaban prohibidas para ella, pues las estrellas transportaban sueños de una galaxia a otra, y Aldora no soñaba…
El cálido abrazo de Morfeo había desaparecido, sus manos no la tocaban y su plácida voz había dejado de cantar para ella. Morfeo ya no la amaba…
- Permíteme soñar – suplicaba Aldora – Llévame contigo.
Pero era demasiado tarde, ya que el dios de los sueños había encontrado algo mejor a lo que abrazar: las almas humanas. Morefeo se había enamorado de todas ellas.
Sin embargo, Aldora, cuyo sueño se había transformado en oscuridad, decidió perseguir a Morfeo a través de los sueños de las almas humanas, convirtiéndose así en la pesadilla de aquellos que caen en su noche eterna, en su vacío, en su desdicha.
Pero, ¿Qué ocurrirá cuando Morfeo se enamore de otro? ¿Dejaremos de soñar?

8 ago 2011

La foto de Melissa

Vinuesa, Soria


En la provincia de Soria, al pie de los Picos de Urbión, se halla un hermoso pueblo llamado Vinuesa.
Muchos conocen esta localidad, de paraje espectacular y calles dotadas de un encanto que ya no existe en los pueblos modernos. Es como adentrarse en el pasado, como recorrer un mundo escondido, libre de la destrucción humana.
Pero la gente que visita este pequeño pueblo, es ajena a la presencia de Melissa. Nadie parece percatarse de que, a veces, permanece sentada en un frío banco de piedra, observando con sus ojos grises, meditando, susurrando palabras que nadie puede oír…
Tampoco parecen verla cuando sale a regar las hermosas flores de su patio, en la vieja casa de piedra, o cuando pasea sola al caer la tarde…
Es como si Melissa se desvaneciese ante los ojos de los demás…
Sin embargo, aquellos turistas que buscan una bonita foto retratando la fachada de la vieja casa de piedra, se encuentran con la imagen de una mujer sentada en el muro del jardín. Una mujer que posa triste, afligida…
Nadie sabe que se trata de Melissa.



Vinuesa, 1983

Aquella foto era perfecta: Marcos, rodeando la cintura de su mujer, posando sonriente delante de una bella casa de piedra, posiblemente, muy antigua.
Dio las gracias al lugareño que había accedido a inmortalizarles y comprobó apenado que ya sólo le quedaba una foto en el carrete. Con lo bonito que era aquel pueblo… ¿Tendría tiempo de comprar otro?
Sin embargo, la mujer de Marcos, parecía no estar disfrutando tanto como él. Estaba triste, sería, sonriendo forzosamente cada vez que la enfocaba la cámara. Era como si aquel lugar le trajera pesar en vez de alegría.
- Sólo queda una foto – dijo Marcos – Te la haré a ti, junto a la casa.
Su mujer puso cara de fastidio.
- Estoy cansada, no me encuentro muy bien. ¿Por qué no vamos a tomar algo?
Haciendo caso omiso a las quejas de su esposa, Marcos apuntó su cámara y encuadró el paisaje tal y como a él le gustaba: la casa de piedra a lo lejos, haciendo de escenario natural, como si fuera una maqueta. Su mujer, ligeramente sentada sobre el muro del jardín, y aquella anciana vestida de luto, asomando su cabeza por el rellano de la puerta principal…
Apretó el botón y disparó por fin la última foto, no sin extrañarse de la repentina presencia de la mujer mayor, que hacía tan solo un segundo, no estaba allí.
Pero no fue eso lo que más inquietó a Marcos…
Al apartar la cámara de su rostro, comprobó que su mujer ya no se encontraba posando en el muro del jardín. El lugar que había ocupaba estaba de repente vacío, desolado. Era como si la cámara se la hubiera tragado…
- ¿Melissa? – susurró Marcos con una voz quebradiza, casi asustada - ¿Melissa?
Pero Melissa, su esposa, ya no estaba, había desaparecido…

Sin encontrar una explicación a lo que había sucedido, Marcos tuvo que marcharse de Vinuesa después de una semana de incasable búsqueda. Nadie supo nada de Melissa, y poco a poco, los habitantes del pueblo se fueron olvidando de aquel extraño suceso.
Sin embargo, Marcos no pudo apartarlo de su mente, y el recuerdo de ese día casi lo lleva a la garras de la locura, pues cuando reveló la última foto que le hizo a su mujer junto a la casa de piedra, descubrió horrorizado que no era Melissa la que posaba, sino la anciana que había irrumpido en el objetivo; y asomando la cabeza en el rellano de la puerta, estaba Melissa…
Era como si hubiesen invertido…
¿Qué significaba aquello? ¿Qué había ocurrido? Marcos nunca tendría una respuesta, pero sí tuvo la seguridad de que su mujer estaba en aquella casa de piedra.

14 jul 2011

El entierro

El entierro de San Esteban (Juan de Juanes)


Es difícil hablar de uno mismo, sobre todo, cuando no se sabe que decir, y peor aún, cuando no se saben emplear las palabra adecuadas. Eso da lugar a confusiones, y yo no quiero que nadie me malinterprete.
Sí, es difícil hablar de mí, siempre he sido consciente de ello, pero hoy debo hacer un esfuerzo y pronunciar un discurso en mi honor, aunque yo no lo llamaría así, si no más bien una despedida, un adiós, una dedicatoria para aquellas personas que aún albergaban algo de fe en mi en sus corazones.
Sí, debo despedirme porque hoy he muerto. He sido asesinado de forma lenta y dolorosa cuando aún me quedaba mucha eternidad por delante. Y ahora, sin apenas darme cuenta, asisto a mi propio funeral viendo como me condenan a pasar esa vida que me quedaba bajo una apestosa capa de tierra que esparcen sobre mi ataúd como si fuera desecho.
La tapa, ni siquiera la han abierto para darme el último adiós; no tenían valor para ello, pues el valor parece haberse escondido.
Es más fácil ignorarme…
¡Cobardes! Ya me echareis de menos, y para entonces…será demasiado tarde.
Ah…, pero yo no os odio por ello, porque yo no sé odiar, no conozco el significado de esa palabra. Lo único que siento es tristeza, pues os compadezco y lloro por vosotros.
Aunque no hayáis derramado una sola lágrima por mi muerte, yo si las derramo por vuestra vida, porque sin mí, estáis perdidos.
Habéis sido crueles. Entre todos me habéis tendido una emboscada para luego acuchillarme una y otra vez, con el único fin de verme morir desangrado mientras me gritabais que yo solo os he causado dolor, que os he engañado, y que muchos han muerto por mi culpa.
¡Ignorantes! ¡Insensatos! ¿No os dais cuenta de que el dolor, el engaño y la muerte os lo habéis causado vosotros mismos? ¿No os dais cuenta de que me habéis condenado a mí por no hacerlo con vosotros, que sois los únicos culpables de vuestra desgracia?
Yo he hecho muy feliz a la gente que ha sabido sentirme, a la gente que me ha abierto la puerta sin hacer preguntas y sin juzgar lo que veían, simplemente dejándose llevar. Yo lo sé, y ellos también lo saben.
Pero os advierto una cosa, asesinos sin escrúpulos:
Mientras haya una sola persona en el mundo que aún crea en mí, naceré de nuevo y os perseguiré a todos para deciros quién soy y enseñaros a conocerme.
Mientras tanto, tendré que conformarme con contemplar mi lápida de piedra, en la que una frase grabada en letras doradas vela por mi recuerdo y por el recuerdo de los que un día me quisieron:

“Aquí yacen los restos del Amor, que murió un triste día asesinado por el Odio.
Los corazones de la gente nunca te olvidan.”



15 jun 2011

La marioneta feliz




¿Qué significa ser libre? Se preguntaba Dafne, y con una dulce sonrisa en su rostro pensaba: Yo, soy libre.
Dafne vivía libre en un mundo hecho a su medida; un universo pequeño pero deliciosamente decorado con todo lo que ella podía necesitar: un árbol, una casita de color pastel, un río, una tienda de antigüedades… Y casi todos los días, recibía la visita de algún extraño viajero que la deleitaba con peculiares historias de las que ella siempre aprendía cosas nuevas.
Dafne vivía feliz en aquel minúsculo escenario.
Pero un día, en el que las pequeñas estrellas estaban a punto de asomarse, Dafne tuvo una visita inesperada. Se trataba de una de esas enormes personas que a veces asomaban sus cabezas para ver de cerca el pequeño mundo de Dafne. Una de esos seres que vigilaban los movimientos de la muchacha cuando esta salía de su casita de color pastel.
- Hola – dijo lo que parecía ser el rostro de una niña – Me llamo Marta.
- Hola, Marta. Yo soy Dafne –
La niña sonrió, pues no esperaba que la marioneta, a la que acababa de ver actuar, le contestase, moviendo unos pequeños labios pintados de color rojo.
- ¿Vives aquí? – preguntó la chiquilla, curiosa.
Dafne asintió ¿Dónde iba a vivir si no?
- ¿Y no te hacen daño esos hilos que cuelgan de tus manos y de tus pies?
La marioneta miró aquellos cables que siempre llevaba consigo. Se había acostumbrado a ellos y ya no los notaba. Eran parte de su cuerpo.
- A veces me tropiezo con ellos – reconoció – Pero me levanto en seguida.
La niña tocó los hilos de Dafne cuidadosamente, como si quisiera comprobar que de verdad no le hacían daño.
- Pero no eres libre. La gente te maneja como quiere y te lleva a donde quiere.
Aquella revelación dejó confundida a la marioneta. ¿No era libre? Claro que sí, siempre hacía lo que lo a ella le apetecía…
- Si cortases los hilos podrías hacer lo que quisieras.
Dafne se quedó pensativa. Por un momento, creyó ver como durante toda su vida una de esas enormes personas tiraba de sus cables moviendo su cuerpecillo a voluntad. ¿Era real? ¿Los que eran más grandes y poderosos que ella podían manejarla?
Miró sus manos, triste por aquel descubrimiento, y se sintió tonta por no haberse dado cuenta antes. Sin embargo, a pesar de saber que su vida no era más que la voluntad de otra persona más grande que ella, Dafne decidió no cortar sus hilos y seguir viviendo en el pequeño escenario de cartón, pues aquella vida era la única que conocía, y aquella “felicidad”, tal vez fingida, era lo único que tenía.