El mar mecía sus aguas con la dulzura y la delicadeza que poseen los brazos de una madre. Arropaba una oscura profundidad infinita, imposible de distinguir, que albergaba suaves voces provenientes de jóvenes sirenas, que cantaban y susurraban en un baile de perfecta armonía.No había sol alguno en el horizonte, sin embargo, un rayo de luz caía sobre aquel extraño mar, bañando las olas de un color dorado e iluminando tenuemente la calidez de un paisaje inhóspito.No era aquel un lugar para llorar, pues no existía nada por lo que lamentarse ni nada por lo que entristecerse. Al menos esa fue la sensación que tuvo Adel cuando las templadas aguas de la orilla mojaron sus pies desnudos.No sabía cuánto tiempo llevaba allí, absorto en la visión de un cielo inexistente, ni cuál era el propósito de su visita a aquel atípico escenario.De repente, una barca salida de la nada, navegaba lentamente sobre la superficie de las aguas turquesas para aproximarse sosegadamente a Adel. Había alguien en ella: un hombre de brazos fuertes y piernas robustas, de pelo blanco y larga barba que hondeaba alegre en un juego infantil con la brisa. Un hombre que remaba, remaba, remaba…Adel lo esperó en la orilla, y cuando la pequeña barca de madera atracó cerca de sus pies, posó sus ojos en los del hombre, pero no pudo mantener su mirada durante mucho tiempo. No pudo sostener unos ojos transparentes, invisibles, cristalinos… No pudo.- Sube, te llevare a la otra orilla – Dijo el hombre con una voz profunda.Adel se sitió extraño. De repente, ya no le gustaba estar allí, en aquella tierra de nadie con aquel hombre advenedizo. Ya no le gustaba el mar de color turquesa ni el horizonte sin sol. El canto de las sirenas se le antojó triste, melancólico, sin brillo. Todo se había tornado realmente desagradable.- Puedes quedarte, si lo deseas, pero ya llevas mucho tiempo errando en la playa de los perdidos.Adel pensó en las palabras del hombre, y se preguntó cuánto tiempo llevaba con los pies mojados en la orilla.- No sé por qué estoy aquí – acertó a decir después de un largo silencio.El hombre lo miró sin expresión alguna, sin una emoción que delatara sus ocultos pensamientos.- Mi nombre es Caronte – Dijo – Llevo remando más de mil años, y llevo viéndote en esta orilla más de quinientos.Adel se sobrecogió al oír la terrible revelación del barquero.- ¿Quinientos años? Pero…Si acabo de abrir los ojos…El apacible mar que envolvía aquel mundo de locura, empezó a agitarse provocando un pequeño oleaje que antes apenas existía. El horizonte sin sol comenzó a tornarse más oscuro, y parecía amenazar alguna especie de lluvia o precipitación similar. Era difícil describir aquel paraje.- He de irme – Anunció Caronte – Se acercan las almas y no puedo llevarlas a todas.- ¡Espera! ¿A dónde vas?- A la otra orilla.- ¿Y qué hay allí?- No lo sé. Nunca he podido bajar de esta barca.El mar se movía ahora embravecido, lleno de furia y fuerza contenida. Era como si en algún momento alguien hubiera dicho algo ofensivo al rey de las aguas.Adel, en un impulso incomprensible, subió a la barca justo antes de que Caronte empezara a remar para alejarse de allí.El viaje fue tortuoso, pues la tempestad que asolaba al océano perdido lo convertía en una autentica aventura de supervivencia.Mucho tiempo pasó hasta que los ojos de Adel pudieron divisar un espejismo de tierra, allá, en el horizonte más lejano. Parecía una lengua difusa que intentaba abrirse paso en el mar.Pero entonces, Caronte, dejó de remar y la barca se fue parando lentamente cuando aún faltaban algunos kilómetros para llegar a la orilla. Se volvió hacía Adel, y lo miró con la profundidad de sus pupilas transparentes.- Llevo más de mil años remando, y nunca he podido bajar de esta barca – dijo muy serio – Yo también quiero llegar a la otra orilla.Y con una sorprendente agilidad, se zambulló en el agua dejando a Adel completamente sólo en aquella pequeña barca de madera.Se sintió impotente, perdido, quizás atemorizado también, pero sobre todo sintió ira cuando vio como Caronte llegaba a nado a la otra orilla, al lugar donde debería de haber llegado el. Era su recompensa, no la de aquel hombre.Agarró el remo con fuerza y miro la inmensidad que le rodeaba. Era como estar en ningún sitio y en todas partes a la vez.¿Qué ocurriría ahora? ¿Tendría que remar en busca de almas perdidas? ¿Se convertiría en el nuevo Caronte? ¿Y si también saltaba de la barca? Pero entonces supo que la barca no podía quedarse sola. Supo que el portador de ese remo estaba condenado a vagar por los mares recogiendo ánimas cuya única posibilidad de llegar al otro lado era atravesando el océano de los perdidos. Supo también, que la maldición a la que le había atado Caronte no era más que el principio de una absurda existencia de la que le sería muy difícil salir.Había estado quinientos años observando la nada en una playa de transición, para acabar mil años remando en unas aguas atestadas de traviesas sirenas que cantan sin cesar melancólicas melodías. Unas aguas que se embravecen o se calman a merced de algún dios caprichoso. Sin embargo, esos quinientos años de espera habían transcurrido sin apenas darse cuenta. Quizás su nueva tortura, acabase más pronto de lo que pensaba.
2 mar 2011
21 feb 2011
Amanecer

Sale el sol por el lejano horizonte
Se cierne, despidiendo a la luna dormida
Y brilla, ocultando estrellas sin nombre
Amanece, tiñendo nubes de color cobre
Nos envuelve su calor para llenarnos de vida
Y tranquilos, sus rayos, despiertan al hombre
Abro los ojos para descubrir un nuevo día
Aguzo mis oídos para escuchar nuevas voces
Abro mis manos y digo adiós a la noche fría
Sale el sol por el lejano horizonte
Se enciende la luz, llega la alegría.
Se cierne, despidiendo a la luna dormida
Y brilla, ocultando estrellas sin nombre
Amanece, tiñendo nubes de color cobre
Nos envuelve su calor para llenarnos de vida
Y tranquilos, sus rayos, despiertan al hombre
Abro los ojos para descubrir un nuevo día
Aguzo mis oídos para escuchar nuevas voces
Abro mis manos y digo adiós a la noche fría
Sale el sol por el lejano horizonte
Se enciende la luz, llega la alegría.
11 feb 2011
El refugio de los pensamientos
Monasterio de las Huelgas Reales de BurgosLas vistas desde aquella ventana eran espectaculares. A Carla no podía haberle tocado una habitación mejor. Desde su escritorio de estudio, podía ver como un pequeño bosque de abetos se extendía hasta alcanzar el horizonte, y justo en el centro de una angosta explanada, a pocos metros de su ventana, se encontraba el monasterio, una antigua construcción de piedra hermosamente conservada.
Carla había llegado a la residencia hacía tan solo dos días. Era estudiante de derecho y estaba haciendo un curso intensivo de verano en una recóndita universidad, alejada del bullicio de las ciudades.
Estudiar durante una semana entre aquel ambiente, se iba a convertir en una delicia…
Solía repasar durante un par de horas, después de las clases, y con la compañía del sol cayendo detrás de las montañas. Se sentaba en su escritorio, abría la ventana de par en par, y dejaba entrar el aroma del bosque mientras memorizaba aburridas leyes que no tardaría en olvidar.
A menudo se le hacía de noche, y los grillos no se demoraban en comenzar su canto para anunciar la llegada de las estrellas. Era entonces cuando una suave brisa entraba por la ventana, haciendo que la piel de Carla se pusiera de gallina. Aquella era la señal de que el estudio debía cesar para dejar paso al descanso.
Pero aquel día, en el que la brisa era más heladora de lo normal, Carla se quedó observando el monasterio antes de cerrar la ventana.
No era demasiado grande, pero la belleza de su estructura eclipsaba cualquier posible defecto.
De repente, una ventana situada en una pequeña torrecilla, se encendió, insinuando una gran estancia de altos techos. Un hombre joven, vestido con largos hábitos, apareció en la habitación encendida, sosteniendo una carta en una mano y una vela apagada en la otra.
Carla sabía que aquel monasterio estaba habitado por doce monjes pertenecientes a una orden ya casi extinta, pero le habían comentado que rara vez se dejaban ver, permaneciendo siempre ocultos entre las paredes del templo.
Sin poder contener la curiosidad, Carla permaneció en su escritorio, atenta a los movimientos del joven monje, que andaba por la habitación como si estuviera buscando algo.
Pasaron unos pocos minutos, en los que el monje aparecía y desaparecía de la ventana, dejando ver únicamente la sombra que su cuerpo proyectaba en la pared.
Por fin, se detuvo. Parecía haber encontrado lo que buscaba. Se hizo visible de nuevo en la ventana, y Carla pudo ver como sostenía ahora una larga banqueta de madera.
Con sumo cuidado la puso en el suelo, se guardó la carta que llevaba en el bolsillo derecho de su hábito y se quedó pensativo unos momentos, con la mirada perdida en algún lugar de la estancia.
El comportamiento del clérigo era bastante extraño, y Carla pensó que quizás no debería entrometerse en lo que, posiblemente, fuera algo privado para aquella persona.
Empezaba a sentirse como James Stewart en la Ventana indiscreta, y decidió que sería mejor dejar el espionaje furtivo y devolver la intimidad al joven monje.
Sin embargo, antes de que pudiese obedecer a su conciencia, vio como el clérigo se subía a la banqueta y alzaba las manos hacía el techo para coger algo que ella no alcanzaba ver.
Por un momento pensó que una cuerda colgaría del techo, y la imagen del joven religioso ahorcado bajo el peso de una viga, se coló en su mente haciendo que el corazón se le desbocara. Pero no fue eso lo que ocurrió…
Del techo se abrió una trampilla y de ella se descolgó una vieja escalera de madera que llegaba casi hasta el suelo.
“Esto sí que es bueno”, pensó Carla “Un pasadizo secreto…”
El monje subió por la estrecha escalera y desapareció en la oscuridad de alguna estancia oculta en el tejado de la torrecilla.
Carla se quedó con la miel en los labios pensado en qué habría tras aquella trampilla, y le vino a la mente la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, que había leído hacía bastantes años. Se imaginó una biblioteca milenaria escondida entre las paredes de la torrecilla, donde en una gran mesa de madera de roble, se fraguaba una conspiración…
Se rio para sí misma y se dispuso a cerrar la ventana, pero un nuevo movimiento en la habitación encendida, la detuvo.
El joven monje bajaba la escalera de la trampilla. Parecía haber terminado lo que estuviera haciendo allí.
Recogió todo con gran rapidez y no quedó rastro de ninguna puerta oculta. Fue entonces cuando, antes de irse, miró de reojo a la ventana abierta y por un momento, pareció posar sus ojos en los de Carla.
“Qué vergüenza…” pensó ella “Seguro que me ha visto”.
Decidió que aquel espionaje debía acabarse ya, y cerró por fin la ventana despidiéndose del antiguo monasterio hasta el día siguiente.
No volvió a ver movimiento en ninguna de las estancias del templo, sin embargo, un día antes de marcharse de aquel idílico paisaje, recibió una extraña visita inesperada.
Un compañero de estudios le avisó de que alguien preguntaba por ella en el vestíbulo, pero lo curioso estaba en que no preguntaban por Carla Revelles, sino por la chica de la habitación frente al monasterio.
Llena de intriga, se dispuso a presentarse ante la peculiar visita, y para su sorpresa, se encontró con un monje de cuidados hábitos, bastante mayor y con cara de pocos amigos.
Los nervios de Carla fueron en aumento.
- Disculpe que la moleste, señorita, pero necesito hablar con usted un momento. No tardaré mucho.
El clérigo parecía preocupado…
Carla asintió y esperó a que el hombre continuara hablando.
- Convivimos con la cercanía de esta residencia desde hace tiempo y, aunque no nos guste, ya estamos acostumbrados a los jóvenes que vienen por aquí. Pero a veces eso trae problemas…
El monje sacó una carta del bolsillo de su hábito y suspiró pesadamente, como si el sobre le pesara en las manos.
- Verá, tenemos en nuestra orden a un joven monje que lleva poco tiempo. Es de espíritu algo indomable y aún está un poco perdido, así que su comportamiento a veces no es muy adecuado.
Carla estaba cada vez más intrigada. Pensó que alguien la había visto espiando el otro día y que eso les había molestado, pero, no parecía tratarse de aquello… ¿O sí?
- La venta de su cuarto da a nuestro monasterio y más concretamente, a los aposentos del joven monje, que siempre permanece en la oscuridad, como todos nosotros y… resulta que he encontrado esta carta en El refugio de los pensamientos…
- ¿Disculpe? – preguntó Carla, pues no sabía de qué hablaba.
- El refugio de los pensamientos es una estancia en la que depositamos en un sobre nuestros deseos más ocultos, pero no necesita saber más detalles. Lo que vengo a decirle es que nuestro joven religioso lleva días observándola desde sus aposentos y… según esta carta que ha escrito parece haberse enamorado de usted.
Carla estaba perpleja. Resulta que no era ella la de la ventana indiscreta, sino el monje de la trampilla secreta ¿Sería aquella estancia El refugio de los pensamientos?
El viejo monje le pidió por favor que cambiase de habitación, pero Carla le dijo que esa misma noche ya se iba, pues había terminado el curso intensivo.
Aquella anécdota la dejó bastante afectada. Un hombre se había enamorado de ella, y ni siquiera le conocía… Sólo le había visto una noche, en la lejanía de una ventana del monasterio, cubierto por un elegante hábito de clérigo y llevando una carta plasmada de deseos y de incertidumbres, a una estancia llamada El refugio de los pensamientos…
Carla había llegado a la residencia hacía tan solo dos días. Era estudiante de derecho y estaba haciendo un curso intensivo de verano en una recóndita universidad, alejada del bullicio de las ciudades.
Estudiar durante una semana entre aquel ambiente, se iba a convertir en una delicia…
Solía repasar durante un par de horas, después de las clases, y con la compañía del sol cayendo detrás de las montañas. Se sentaba en su escritorio, abría la ventana de par en par, y dejaba entrar el aroma del bosque mientras memorizaba aburridas leyes que no tardaría en olvidar.
A menudo se le hacía de noche, y los grillos no se demoraban en comenzar su canto para anunciar la llegada de las estrellas. Era entonces cuando una suave brisa entraba por la ventana, haciendo que la piel de Carla se pusiera de gallina. Aquella era la señal de que el estudio debía cesar para dejar paso al descanso.
Pero aquel día, en el que la brisa era más heladora de lo normal, Carla se quedó observando el monasterio antes de cerrar la ventana.
No era demasiado grande, pero la belleza de su estructura eclipsaba cualquier posible defecto.
De repente, una ventana situada en una pequeña torrecilla, se encendió, insinuando una gran estancia de altos techos. Un hombre joven, vestido con largos hábitos, apareció en la habitación encendida, sosteniendo una carta en una mano y una vela apagada en la otra.
Carla sabía que aquel monasterio estaba habitado por doce monjes pertenecientes a una orden ya casi extinta, pero le habían comentado que rara vez se dejaban ver, permaneciendo siempre ocultos entre las paredes del templo.
Sin poder contener la curiosidad, Carla permaneció en su escritorio, atenta a los movimientos del joven monje, que andaba por la habitación como si estuviera buscando algo.
Pasaron unos pocos minutos, en los que el monje aparecía y desaparecía de la ventana, dejando ver únicamente la sombra que su cuerpo proyectaba en la pared.
Por fin, se detuvo. Parecía haber encontrado lo que buscaba. Se hizo visible de nuevo en la ventana, y Carla pudo ver como sostenía ahora una larga banqueta de madera.
Con sumo cuidado la puso en el suelo, se guardó la carta que llevaba en el bolsillo derecho de su hábito y se quedó pensativo unos momentos, con la mirada perdida en algún lugar de la estancia.
El comportamiento del clérigo era bastante extraño, y Carla pensó que quizás no debería entrometerse en lo que, posiblemente, fuera algo privado para aquella persona.
Empezaba a sentirse como James Stewart en la Ventana indiscreta, y decidió que sería mejor dejar el espionaje furtivo y devolver la intimidad al joven monje.
Sin embargo, antes de que pudiese obedecer a su conciencia, vio como el clérigo se subía a la banqueta y alzaba las manos hacía el techo para coger algo que ella no alcanzaba ver.
Por un momento pensó que una cuerda colgaría del techo, y la imagen del joven religioso ahorcado bajo el peso de una viga, se coló en su mente haciendo que el corazón se le desbocara. Pero no fue eso lo que ocurrió…
Del techo se abrió una trampilla y de ella se descolgó una vieja escalera de madera que llegaba casi hasta el suelo.
“Esto sí que es bueno”, pensó Carla “Un pasadizo secreto…”
El monje subió por la estrecha escalera y desapareció en la oscuridad de alguna estancia oculta en el tejado de la torrecilla.
Carla se quedó con la miel en los labios pensado en qué habría tras aquella trampilla, y le vino a la mente la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, que había leído hacía bastantes años. Se imaginó una biblioteca milenaria escondida entre las paredes de la torrecilla, donde en una gran mesa de madera de roble, se fraguaba una conspiración…
Se rio para sí misma y se dispuso a cerrar la ventana, pero un nuevo movimiento en la habitación encendida, la detuvo.
El joven monje bajaba la escalera de la trampilla. Parecía haber terminado lo que estuviera haciendo allí.
Recogió todo con gran rapidez y no quedó rastro de ninguna puerta oculta. Fue entonces cuando, antes de irse, miró de reojo a la ventana abierta y por un momento, pareció posar sus ojos en los de Carla.
“Qué vergüenza…” pensó ella “Seguro que me ha visto”.
Decidió que aquel espionaje debía acabarse ya, y cerró por fin la ventana despidiéndose del antiguo monasterio hasta el día siguiente.
No volvió a ver movimiento en ninguna de las estancias del templo, sin embargo, un día antes de marcharse de aquel idílico paisaje, recibió una extraña visita inesperada.
Un compañero de estudios le avisó de que alguien preguntaba por ella en el vestíbulo, pero lo curioso estaba en que no preguntaban por Carla Revelles, sino por la chica de la habitación frente al monasterio.
Llena de intriga, se dispuso a presentarse ante la peculiar visita, y para su sorpresa, se encontró con un monje de cuidados hábitos, bastante mayor y con cara de pocos amigos.
Los nervios de Carla fueron en aumento.
- Disculpe que la moleste, señorita, pero necesito hablar con usted un momento. No tardaré mucho.
El clérigo parecía preocupado…
Carla asintió y esperó a que el hombre continuara hablando.
- Convivimos con la cercanía de esta residencia desde hace tiempo y, aunque no nos guste, ya estamos acostumbrados a los jóvenes que vienen por aquí. Pero a veces eso trae problemas…
El monje sacó una carta del bolsillo de su hábito y suspiró pesadamente, como si el sobre le pesara en las manos.
- Verá, tenemos en nuestra orden a un joven monje que lleva poco tiempo. Es de espíritu algo indomable y aún está un poco perdido, así que su comportamiento a veces no es muy adecuado.
Carla estaba cada vez más intrigada. Pensó que alguien la había visto espiando el otro día y que eso les había molestado, pero, no parecía tratarse de aquello… ¿O sí?
- La venta de su cuarto da a nuestro monasterio y más concretamente, a los aposentos del joven monje, que siempre permanece en la oscuridad, como todos nosotros y… resulta que he encontrado esta carta en El refugio de los pensamientos…
- ¿Disculpe? – preguntó Carla, pues no sabía de qué hablaba.
- El refugio de los pensamientos es una estancia en la que depositamos en un sobre nuestros deseos más ocultos, pero no necesita saber más detalles. Lo que vengo a decirle es que nuestro joven religioso lleva días observándola desde sus aposentos y… según esta carta que ha escrito parece haberse enamorado de usted.
Carla estaba perpleja. Resulta que no era ella la de la ventana indiscreta, sino el monje de la trampilla secreta ¿Sería aquella estancia El refugio de los pensamientos?
El viejo monje le pidió por favor que cambiase de habitación, pero Carla le dijo que esa misma noche ya se iba, pues había terminado el curso intensivo.
Aquella anécdota la dejó bastante afectada. Un hombre se había enamorado de ella, y ni siquiera le conocía… Sólo le había visto una noche, en la lejanía de una ventana del monasterio, cubierto por un elegante hábito de clérigo y llevando una carta plasmada de deseos y de incertidumbres, a una estancia llamada El refugio de los pensamientos…
14 ene 2011
El planeta azul

En algún lugar de este universo, de estas brillantes estrellas que iluminan nuestras noches más oscuras, se esconde un pequeño planeta que gira alrededor de un sol lozano.
En algún lugar de este mundo, escondido entre lejanas galaxias que se expanden sin que podamos darnos cuenta, se oculta un angosto planeta cuyo color nos recuerda al cielo de un bonito día soleado.
Si nos acercamos un poco a este mundo, vemos que la vida fluye de él, como la fuerza del nacimiento de un río cuando lucha por salir de su encierro. Se trata, pues, del tesoro más preciado que guarda el misterioso planeta, sin embargo, al aproximarnos aún más, descubrimos que la verdadera fortuna de este inhóspito lugar, se encuentra en una extraña energía cuyo nombre es “amor”. Es bastante difícil de entender, pero fácil de aplicar, y por lo que podemos observar, esta energía ejerce tanta influencia, que hace que la vida en el planeta que acabamos de descubrir, se mueva al compás de este singular sentimiento, provocando verdaderos cambios en la materia del universo. Pero este detalle es desconocido para los seres que habitan este lugar.
Realmente quedamos impresionados por la belleza del planeta, por la cantidad de seres vivos que su naturaleza acoge como si fuera una madre. Cuida de ellos y los protege, aunque, nos vemos entristecidos al descubrir que los seres más inteligentes se comportan de la manera menos inteligente, haciendo enfadar, e incluso llorar, a la naturaleza que les da la vida.
Nos ha gustado mucho este nuevo mundo, y, sin que sus habitantes lo sepan, de vez en cuando venimos a verlo, siempre en la distancia y en forma de estrella.
En algún lugar de este mundo, escondido entre lejanas galaxias que se expanden sin que podamos darnos cuenta, se oculta un angosto planeta cuyo color nos recuerda al cielo de un bonito día soleado.
Si nos acercamos un poco a este mundo, vemos que la vida fluye de él, como la fuerza del nacimiento de un río cuando lucha por salir de su encierro. Se trata, pues, del tesoro más preciado que guarda el misterioso planeta, sin embargo, al aproximarnos aún más, descubrimos que la verdadera fortuna de este inhóspito lugar, se encuentra en una extraña energía cuyo nombre es “amor”. Es bastante difícil de entender, pero fácil de aplicar, y por lo que podemos observar, esta energía ejerce tanta influencia, que hace que la vida en el planeta que acabamos de descubrir, se mueva al compás de este singular sentimiento, provocando verdaderos cambios en la materia del universo. Pero este detalle es desconocido para los seres que habitan este lugar.
Realmente quedamos impresionados por la belleza del planeta, por la cantidad de seres vivos que su naturaleza acoge como si fuera una madre. Cuida de ellos y los protege, aunque, nos vemos entristecidos al descubrir que los seres más inteligentes se comportan de la manera menos inteligente, haciendo enfadar, e incluso llorar, a la naturaleza que les da la vida.
Nos ha gustado mucho este nuevo mundo, y, sin que sus habitantes lo sepan, de vez en cuando venimos a verlo, siempre en la distancia y en forma de estrella.
5 ene 2011
Nuevo año, nuevos momentos, nuevas alegrías…

Estrenamos un nuevo año. Parece que todo sigue igual, pero, no nos damos cuenta de que cada día es diferente, de que la sangre que corre por nuestras venas ya no es la misma…
Estrenamos un nuevo año y no sabemos qué nos deparan estos inéditos días. Todo queda a merced de la magia de la vida y de nuestras pequeñas decisiones.
Aprendamos a disfrutar de aquellos momentos felices, que muchas veces pasamos por alto, pues es lo mejor que tenemos.
Os deseo a todos un feliz 2011.
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